lunes, 26 de septiembre de 2011

3


Vivir


Él dormía profundamente. Mostraba un semblante relajado, tranquilo, alejado de toda preocupación. Ella lo miraba, disfrutando del hecho de ver sin ser vista... a pesar de que no tenía que esconderse para poder hacerlo. Se fijó en su naricita, en los lunares de su rostro, en su negra barba y el pelo revuelto, su boca, sus largas pestañas... imaginó sus ojos marrones, devorándola. Empezó a roncar, y ella sonrió. No le importaba. Tenía unos minutos para deleitarse contemplando su descanso, y no pensaba irritarse porque no le dejaran dormir...
Mientras lo miraba sintió como su pecho se hinchaba... no puede ser que me ponga a llorar -pensó-, ya no soy una niña. Era difícil explicar como se sentía. Probablemente no hubiera palabras en el mundo para describirlo. Tan complejo, extraordinario. Así mismo, tan universal, tan corriente. Él le transmitía calma; La Calma, personificada; que abordaba y conquistaba su cuerpo, relajándola y haciéndole sentir segura. Cuando estaba junto a él, parecía detenerse el tiempo. Lo imposible se encontraba al lado de su mano. Su sonrisa iluminaba cualquier estancia. Sus ojos parecían estrellas, y su voz la convertía en cristales de cualquier estación de metro.

¿Cuánto hace falta para conocer a alguien? ¿Cuánto para amarlo? ¿Y para perderlo? ¿Cuánto es para siempre? ¿Cuánto es hasta aquí?

Daba miedo...

¿El qué?, somnoliento, preguntó, mientras sus ojos se clavaban en los suyos.

Vivir.

jueves, 1 de septiembre de 2011

2

Real -idad

Avanzó unos cuantos pasos más.
-¡Más, más! ¡Sigue!
El grito le animó a continuar. Despacio adelantó otra serie de pequeños pasos, vacilantes, inseguros, tratando de fijar una dirección, seguir alguna línea, cualquier camino imaginario que recompensase con un destino específico, la promesa de un presente que justificara toda esta situación abrumadora.
-¡No, no, no te pares! ¡Solo un poco más!
Ella le llegó nerviosa, ansiosa, anhelante quizá. ¿Qué querrá que alcance? ¿Dónde querrá que llegue? ¿Qué debo ver, saber? Ráfagas de pensamientos empezaron a inundarle la mente, desorientándolo más e impidiéndole fijar ninguna información.
Al poco, empezó a inundarse con un obsesivo sentimiento de agobio, sudaba agobio, temblaba agobio, vacilaba agobio, pero se esforzó por dar los que sospechaba ya, últimos pasos, extendiendo las manos.
Tras unos instantes, notó algo mullido en su frente. Se explayó tocándolo, sobándolo, embriagándose con ese licor de alivio que tanto le gustaba.
-¡Ya! Ja, ja, ja. Date la vuelta, va.
Se giró lentamente, y empezó a desatar el nudo de la tela que le tapaba los ojos. Ansioso por recuperar la luz y salir de ese mundo de tinieblas, donde nada es lo que parece, y el acto más sencillo se convertía en toda una batalla.
En cuanto el primer rayo de luz inundó su vista, un grito brotó de su garganta, mientras la ingravidez dominaba su cuerpo, para acto seguido, dejarlo caer, el estómago fuera ya. Comprobó aliviado que la superficie mullida que había tocado antes le servía de apoyo y le sostenía, llegando a caer solo unos centímetros.
Escapando de la angustia, definitivamente, se arrancó de un golpe el antifaz, para poder mirar la realidad, para poder entender el cambio que, de alguna forma, sospechaba.
Comprobó que estaba en su cama, y que a los pies, se encontraba Ella. Pero algo era distinto, no la veía, o, quizá, ocurría todo lo contrario, por primera vez la estaba viendo.
Por primera vez se quitaba la venda de los ojos, y recuperaba la perspectiva. La realidad del mundo lo esperaba y no se correspondía con el dulce sueño que llevaba semanas viviendo, el suelo recuperaba su horizontalidad, y, de alguna forma, sabía que el cielo ya no se encontraba delante.
Ella estaba ahí, pero, ahora, era ella. Cualquiera, simple, normal y corriente, como esa realidad que tocaba vivir.
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¿y por qué no? by Cristina Romero is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License