lunes, 21 de noviembre de 2011

11

Pompa de Jabón

Volvió a sentarse con la cabeza gacha y los ojos cerrados.
Alzando la cabeza, los abrió.
Y quedó extasiado.
Nuevamente.
Era el quinto día que acudía al mismo sitio, a la misma hora, y hacia lo mismo.
Simplemente se sentaba y miraba.
Así pasaba horas, hasta que el atardecer se iba y dejaba paso a la noche, que con su manto, a veces estrellado, a veces no, le impedía seguir observando.
Entonces se levantaba y se iba a casa.
Pero al día siguiente, a la misma hora, acudía de nuevo.
5 días.
5 días llevaba ya contemplando esa maravilla.
Un fino hilo de luz que tenía delante y que mostraba lo más hermoso de este mundo, todo lo que debería de ver, tocar, oler, comer, sentir, hacer, decir y vivir.
¿Cómo no extasiarse con ello?
El resto de su cotidiana vida se le desaparecía por unas horas, la olvidaba y todas las maravillas del mundo le eran mostradas.
Solo sentándose allí, callando y mirando.
Pero ese día sentía que iba a ser diferente.
Esa sensación le acompañaba desde que se desperezó en la cama, muy de mañana, y entreabrió los ojos al mundo, para ver que, nuevamente, el día era gris.
El resto de la jornada había sido cotidianamente normal, el día más estándar, y monótono de todos los que recordaba haber vivido, si bien no recordaba muchos.
Días que se entremezclaban y cuyos sucesos, cuando algo había digno de llamarse suceso, bien podrían transcurrir el mismo día.
De hecho, no podía asegurar que todos los días de su vida no fueran el mismo.
No tenía forma de saber que cada día era distinto al anterior y además uno más.
Hasta hacía 5 días.
Esos 5 días tenían cada uno matices y formas distintas, únicas, hasta duraban diferentes horas.
Lo hubiera jurado.
Sentado frente a ese fino hilo de luz, la sensación de que algo tenía que pasar hoy seguía acechándole, sumergiéndolo en un mar de oscura ansiedad que le pellizcaba y ahogaba sin cesar.
Obsesionado, observó que la noche empezaba a cubrirlo todo con su manto y comprendió que, si no hacia algo, el día acabaría sin que esa sensación culminara, brotara, germinara, explosionara...
Sin perder de vista el fino hilo de luz se levantó,
y se dirigió hacia él,
lentamente
y
conteniendo la respiración...
como nunca antes había hecho.
Jamás había estado tan cerca del fino hilo de luz.
Levantó la mano, y estiró un dedo.
Y con mucha lentitud lo fue acercando al fino hilo de luz, hasta que lo rozó con la punta de la yema del dedo índice.
En ese momento,
un gran dolor le inundó el pecho,
una flecha se lo atravesó,
un puño le estrujó el corazón,
sintió envejecer de golpe 20 años,
empezó a respirar con dificultad,
todo transcurrió en un instante,
el mismo en el que el fino hilo de luz desapareció,
explotó como una pompa de jabón cuando se toca,
tan rápido que no se podía saber si realmente antes había estado allí...
pero,
a partir de aquel momento,
se pudo afirmar que ningún día siguió igual.
 



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